Día de la paz en tiempos de guerra

   imagenes-dia-de-la-paz-colorear-a4_12   Hoy se celebra el Día Escolar de la No Violencia y la Paz. Una paz inexistente para millones de habitantes en el planeta. Ojalá tuviésemos algo que celebrar, pero no es así. Hoy mismo hay 22 países en guerra (podéis ver cuáles son en este enlace). Vivimos al margen de esos problemas que causan muertes y desgracia a solo unos kilómetros de aquí, porque pensamos que están en otro planeta, en otra dimensión, pero la realidad es que todos podemos ser víctimas de la ambición desmesurada de un país que quiera invadirnos por nuestro turismo, por nuestra mano de obra o por otras miles de cosas por las que se provocan las guerras. El pasado fin de semana estuve hablando con un militar holandés que me admitió abiertamente que había estado matando en Afganistán. Esa fue su frase, me quedé perpleja, en shock y sigo traumatizada pensando que un hombre, que aparentemente es normal, haya podido matar a alguien y no esté preso. Lo sé, es su trabajo, pero: ¿Deberíamos de consentir que estas cosas ocurriesen? ¿Cómo no nos escandalizamos ante hechos así?Sea como sea, soy consciente de que es imposible arreglar esto en un día y menos con una opinión de una joven en un blog, pero a pesar de que no puedo cambiar nada política o militarmente hablando me gustaría cambiar algo, la percepción de las guerras como algo normal.

       Lo único normal en las guerras es el sufrimiento, las violaciones de derechos humanos, las pérdidas personales, la pobreza, la injusticia, la condena durante años o incluso siglos a un país a los abusos de un gobierno colonizador, que muchas veces se hace llamar protector o liberador. No deberíamos de vivir al margen de estas desgracias, porque no sabemos lo cercanas que pueden llegar a sernos algún día.

       Pensando en este dolor, en estas desgracias escribí este relato hace unos años, cuando las noticias sobre el conflicto palestino-israelí estaba en el ojo del huracán, espero que os guste.

Otra vida

Gaza, 2 de enero del 2009

Querida mamá:

        Llevo muchos días pensando en escribirte esta carta, pero en estos tiempos es imposible encontrar un minuto de silencio y tranquilidad. Hoy, el día de mi 15 cumpleaños, he reunido el valor suficiente para hacerlo, para decirte lo importante que eres para mí.

        Todos los días pienso en ti y estoy segura de que papá también. Cuando le planteo alguna duda, o le pido consejo, suele responder: “Seguro que tu madre te sería de más ayuda”, besa mi frente y vuelve a sumirse en sus pensamientos. No está muy comunicativo últimamente, pero anda mejor de salud, aunque te necesita tanto como a sus medicinas, lo que hace más lenta su recuperación.

        Me entristece no tenerte aquí. Yo también te necesito. Tus palabras, tus abrazos, tus besos y caricias antes de ir a la cama, esa sería la mejor cura para nuestro dolor. Tu lejanía es mi enfermedad y tu ausencia mi tristeza. Te echo mucho de menos, pero me alegra que no estés aquí para contemplar este paisaje. Cada día es peor. El caos reina en las calles donde antes estaba el zoco. Donde las mujeres compraban y los niños corrían, jugaban y gritaban. La calle principal de Gaza, ¿la recuerdas?, la calle al- Muktar Omar, está irreconocible. Aquellos edificios de tres plantas tan bonitos, ahora son escombros. También son ladrillos los bancos donde un día nos sentamos a tomar el té con Hassan y su familia. Son montones de recuerdos que han sido borrados, acallados, olvidados por el polvo que levanta cada bomba cuando cae.

        Mamá ¿algún día hubo paz?, ¿algún día la libertad tuvo cabida en este país? Leo libros en los que el dinero, la amistad, el amor, jugar y experimentar son la máxima preocupación de los jóvenes. Hablan de derechos y deberes, de justicia. Tratan historias de padres sanos y madres que abrazan a sus hijos cuando tienen pesadillas y se echan en su cama hasta que vuelven a reconciliar el sueño, ¿ese mundo existe? Mamá, ¿por qué yo sólo puedo pensar en sobrevivir? ¿Por qué mi ilusión se reduce a seguir con aliento hasta la noche? Mis momentos felices se pueden contar con los dedos de una mano y, en todos ellos, estás tú. Cuando papá salía al trabajo y tú y yo hablábamos durante horas, mientras preparábamos la cena. El sabor del kebap, del falafer, de los rollitos de parra rellenos de carne, los pastelillos de piñones, todos esos alimentos que disfrutábamos alrededor de la mesa. La sonrisa de papá cuando llegaba, se sentaba con la botella de arak, aquel licor que le gustaba tanto y nos contaba qué tal le había ido el día. Teníamos nuestra pequeña burbuja. Nuestro remanso de paz en un lugar de guerra. Pero hasta eso nos han robado mamá. Ya no hay comida para nosotros, ni licores, ni un techo para protegernos del frío. Ya no hay ilusión, ni esperanza. Sólo dolor, cansancio, desesperación e incertidumbre. La duda de con qué nos sorprenderán mañana; quizás sea una bomba, soldados o tanques paseando por lo que un día fueron calles.

        Muchos están dispuestos a sacrificar sus vidas y convertirse mártires, en shahid, pero los medios de comunicación occidentales acaban tergiversándolo todo y los llaman terroristas, asesinos o camicaces. A esos hombres que dan su vida, porque es lo único que tienen, por proteger a sus mujeres e hijas de los asesinatos y las violaciones que cada día se suceden aquí, los acusan de matar a civiles,  ¿y nosotros qué somos mamá? Para ellos sólo somos cifras: “Han muerto 200 palestinos y hay 50 heridos” dicen en sus televisiones. Los políticos de los países democráticos nos utilizan para ganar popularidad entre sus votantes, hablando de procesos de paz, pero nadie nos ayuda. Nadie pone cara e historia a las víctimas. Parecen no ser conscientes de que somos hijos, padres, abuelos, vecinos… han olvidado que somos personas a las que nos están negando vivir, vivir con la paz y la libertad que Dios nos dio. ¡Dios! ¿Dónde está? ¿Dónde está ese dios protector? Algunos todavía rezan creyendo que les está escuchando. Otros, como yo, ya han perdido la fe y creen que se ha cambiado de bando. Dicen que a su dios ya no le importan los débiles, los hambrientos, los moribundos o los huérfanos. Aquí hace muchos años que no nos ampara ningún dios.

        Me alegra pensar que tuviste la oportunidad de vivir tiempos mejores, o por lo menos, no tan crueles, aunque tu final fue el más atroz que puede tener una mujer. Sí mamá, también recuerdo aquel día en el que me arrancaron de tus manos y te llevaron aquellos soldados. Todavía no comprendo porqué, cuál era tu pecado, pero ahora sí que se lo que te ocurrió y derramo mis lágrimas pensando en ello.

        Mamá, espero que en la muerte hayas encontrado la paz que yo no conozco en vida. Una paz por la que te prometo voy a luchar. No me rendiré porque quiero volver a sonreír y ver sonreír a los que me rodean. Porque deseo silenciar las sirenas, los disparos, los derrumbamientos y los gritos. Porque sueño con poder caminar libremente por mi tierra. Porque los libros me han mostrado que otro mundo es posible. Porque tú me enseñaste a pelear y a no rendirme nunca. Voy a luchar por los que os habéis marchado y por los que quedamos. Mamá, voy a buscar la felicidad porque en algún lugar de este mundo deben existir todavía personas que sean capaces de repudiar lo que aquí está pasando. Mamá, te prometo que voy a vivir, que algún día, voy a vivir en paz.

Gracias por todos los momentos que pasamos juntas, porque aunque fueron pocos, son los que me mantienen viva.

Siempre te llevaré en el pensamiento y en el corazón.

Tu hija, Adira

FIN

 

 

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3 pensamientos en “Día de la paz en tiempos de guerra

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