La madurez es decepción


Dicen que la madurez es apagar las luces de la casa diciendo “esta gente…” y tienen mucha razón, hasta que no te das cuenta de lo que nos estafan las compañías eléctricas no tienes conciencia de lo que cuesta mantener un hogar. Pero ojalá todo fuera ascita-hadasí.

La madurez es afrontar la decepción sin hundirte. Y esto que se resume en tan pocas palabras, no es tarea fácil. Proyectar metas, invertir en amistades, confiar en personas que más tarde te dan la puñalada son tareas imprescindibles para sobrevivir en esta selva llamada vida, que una y otra vez te enseña que de lo que tú quieres a lo que de verdad logras, hay una gran diferencia.

No todo lo que se quiere se obtiene, ni en todo lo que se invierte te da rentabilidad (hablando en términos económicos que parece que es lo único que importa en estos tiempos). Enamorarse hoy en día es un deporte de alto riesgo. Entrar en una empresa o institución es nadar en un nido de víboras en el que la competición es un día a día difícil de superar para aquellas personas que, como yo, siempre ha apostado más por la cooperación que por la competitividad. Los amigos se cuentan con los dedos de una mano y a veces te sobran y la familia está tan infravalorada que a veces nos olvidamos que es el pilar fundamental de nuestra existencia. ¿Dónde vamos a llegar? Si el amor, la amistad y el compañerismo ya no tienen sentido y la familia nos la pintan como un lastre del que hay que separarse si no quieres parecer dependiente o anticuado, ¿en qué tipo de salvajes nos vamos a convertir? O lo que es peor, nos hemos convertido. 

A veces me siento cansada, nadar en contra parece imposible y agotador. Sin embargo, cuando llegas al otro lado del cauce del río la recompensa es inconmensurable. Tanto, que solo tus seres queridos son capaces de reconocerte el esfuerzo, apoyarte y consolarte tras los golpes y la falta de aliento. Pero cuando llega la decepción no hay consuelo. Los que te quieren crees que te sobrevaloran y los que no parecen regodearse en tu sufrimiento. Y repito de nuevo, ¿dónde vamos a llegar? Lo tengo claro, a un mundo en el que nos preocupe más que no sepan que hemos fracasado, que el fracaso en sí. A una sociedad vacía de valores y compromiso, hueca en lo que a responsabilidad y honor se refiere, a un mundo más cruel e inhumano difícil de rescatar por muchas innovaciones tecnológicas o avances económicos que se consigan. ¿Es esto lo que queremos para nuestros predecesores? Quiero que experimenten lo que es la decepción, porque es lo que les ensañará a valorar la amistad, el compañerismo o el amor, pero no que se lo provoquen a cualquier precio, pero sobre todo, no por cualquier objetivo.

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Un pensamiento en “La madurez es decepción

  1. Es muy fácil hablar y muy complejo vivir la decepción sin llegar a hundirse… y el primer impacto de la misma es desgarrador.
    Claro está que cuanto más alto se esté, más dura, sentida y pronunciada será la caída. Pero todo en esta vida tiene solución, y si esta es muy compleja; más sólida, acertada y mejor será (más madura será).
    Y para ello, tras el primer y duro golpe, apoyarse en los seres queridos (que no es que nos sobrevaloren sinó que ven en nosotros lo que ni nosotros mismos siquiera imaginamos poseer) es el mejor de los comienzos.
    Dejar de compartir, soñar e ilusionarse sí es hundirse para mi, pero fracasar es aprender. Y compartir el fracaso es, además de liberador, un orgullo del que presumir que nos hace más fuertes y humanos a la vez.
    Un fuerte abrazo Celia!!!

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